e mërkurë, 13 qershor 2007

HADAS DE PLUTONIO, GLORIAS DE VIENTO

Roberto Echeto ®




Eran las once de la noche. Carlos Alberto soñaba con un enorme jardín cubierto de ralo césped. A su lado, Adriana veía un capítulo más de Who’s driving your car? y, de pronto, cuando la comedia llegó a su cenit, sintió una sensación espesa y calurosa a su alrededor que fue el preámbulo de un hedor insoportable.

Cuando Adriana se levantó a ver si aquella hediondez provenía del camión de la basura, se dio cuenta de que el responsable había sido Carlos Alberto, su maridito. Nadie más podía dejar escapar un peo como ése, que hasta con prólogo vino a la luz.

Los seres humanos llegamos al mundo con una fuente inagotable de jolgorio o, si lo prefieren, de cuentos como el que acaban de leer. Se trata de un sistema de expulsión de gases que, dadas las magnitudes de las presiones que entran en juego, produce un ruido que puede ser fuerte o débil, dependiendo de la cantidad de energía liberada en semejante proceso. Como pudieron notar en la historia que abrió la presente crónica, ruido y olor fueron cada uno por caminos diferentes, como dos hermanitos que salieron de la misma casa rumbo a la escuela. Uno salió sibilante, en apariencia silenciosa (al menos Adriana no lo oyó porque quizás tuviera el volumen del televisor demasiado alto), y el otro arropó no sólo a la pobre esposa, sino a la habitación y al mismísimo apartamento del joven matrimonio que, a esas alturas de su vida conyugal, sólo podía pagar el alquiler de cuarenta metros cuadrados.

El peo es la manifestación de ése que en verdad somos, del bárbaro, del Cromagnon, de la bestia que vive en nosotros y que tratamos de ahogar en corbatas y afeitadas medidas a la perfección. Cada vez que nos creemos ángeles de la asepsia, ministros del confort, se nos escapa un peo monumental que acaba de inmediato con la ilusión y nos devuelve a la realidad del cuerpo que regurgita su química perecedera. Luego viene la radiación mefítica y se queda durante un largo rato, entre nosotros, haciéndonos compañía.

Algo parecido les ocurrió a Adriana y a Carlos Alberto cuando, en otra oportunidad, retozaban frente al televisor y él se levantó a por una Coca Cola. Al verse sola en la habitación, ella dejó escapar a uno de aquellos prisioneros, esperó unos segundos hasta que llegaran las propagandas y se fue hasta la cocina donde su esposito vaciaba una lata en un vaso con cuatro cubitos de hielo. Después de darse unos besos amorosos y de comentar las cosquillas que las burbujas de la ronroneante bebida crearon en sus gargantas, volvieron al cuarto ¿y a quién encontraron? Pues a un ser barrigón, de unos cuarenta años y con cara de besugo que estaba acostado en su tálamo nupcial. Era el peo que Adriana había dejado en la habitación... Como le gustó el programa que su dueña estaba viendo, se quedó en el cuarto.

Hay peos de todos los tamaños y de todos los colores, pero de Aristófanes para acá, pasando por don Francisco de Quevedo y Álvarez Guédez, sobran los humoristas que han disertado sobre él, y sería ocioso pretender ofrecer una conferencia magistral sobre algo que está tan a la mano (o, más bien, tan al culo) de todo el mundo. Por eso bien vale la pena contar que una vez, hace años, cuando Joaquín Eduardo estaba en una clase que dictaba el ilustre Vegas Mendible, alguien esperó a que el profesor se volteara al pizarrón, para él soltar un peo que sonó tremendo porque su dueño lo aplastó contra el pupitre. La concentración de los estudiantes se vino abajo como una jirafa de arena y la risa se habría apoderado del aula, si Vegas Mendible no la hubiera atajado en el aire con su mirada de tiza.

El álgebra quedó interrumpida porque el profesor se puso a dirigir su propio tribunal de la inquisición, preguntándoles a sus discípulos quién había sido el ungulado que había irrespetado su cátedra. Como ninguno asumió la responsabilidad de aquel peo (y, de verdad, casi nadie sabía quién había sido), los mandaron a todos para su casa.

Cuando volvieron al liceo después de tres días, la consigna que todo ese grupo repitió a modo de saludo fue:

—Pedorro sí, sapo jamás.

Aparte de todo lo que podamos decir, el peo es un asunto feérico en tanto que las hadas no son más que maneras «bonitas» de representar los peos de la gente que se las quiere dar de británica (al menos de la manera en que aparecen los británicos en las novelas de Agatha Christie o de Arthur Conan Doyle). Observen a Campanita… ¿No parece un peo en miniatura que anda por ahí, revoloteando y haciendo cabriolas, después de haber salido de algún culo satisfecho? Recuerden también a las hadas de El laberinto del fauno… ¿El ruido de sus alas no les sonó como un peo perezoso, continuo y monótono?

Monstruos furtivos, ratones carbónicos, explosiones de felicidad, fieras de aire, llamas negras, hadas de plutonio, glorias de viento, orejas de fuego, prólogo de barros, burbujas de odio, triángulos de humo, saetas telegráficas, saludos intestinos, canciones del cuerpo, campana opaca, ruido que dibuja rinocerontes… Todo eso y más es el peo… El peo que nos lanzamos cada día. Todos los días.

—¡Fo!


http://www.robertoecheto.blogspot.com/

3 komente:

Mil Orillas tha...

Roerto, una maravilla...y eso de la "jirafa de arena" me dejó patidifusa!

Enhorabuena!

Felix Tecnotronic Aguilez tha...

Nada tan grotesco como:
1) Lanzarse un peo en un ascensor y dejarlo ahí, subiendo y bajando pisos hasta que alguien entre y se lo huela toditito.

2) Esperar en el andén del metro, lanzarse un peo cuando llegue el tren y sentir cómo el aire arrastra el olor hacia adelante.

3) Lanzarse un peo caliente en misa.

4) Jugar al escondite y que te descubran por caerte a peos dentro de un escaparate.

5) Quedarte dormido en el sofá, en medio de una fiesta, y caerte a peos.

6) Aprovechar el ruido de una asamblea para lanzarte un peo y que justo en ese instante, todo el mundo se calle, como cuando el Chavo llamaba "Maestro Longaniza" al profesor Jirafales.

7) Caerse a peos en un velorio.

8) Oír un peo de tu suegra.

9) Caerse a peos en el carro.

10) Los peos con sorpresa.

Anonim tha...

los peos que salpican