e mërkurë, 13 qershor 2007

RAYOS GAMMA

María Paula Herrero




I
–¿Y qué hacemos? –dijo Camilo.

–Podemos ir a casa 21 y espiar a la señora en el baño –propuso Sebastián.

–Hoy es martes, ella no vuelve hasta las 11 de la noche –indicó Camilo.

–El vecino de casa 18 se fue de viaje y dejaron los autos afuera –dijo Raúl–, podemos ir e intentar abrirle la camioneta.

–No creo que sea buena idea –dijo Gustavo–, desde que nos atraparon rayando los autos de la casa 15, no nos dejan acercarnos a ninguno.

–Y si vamos al comedor y nos robamos los cigarrillos – ropuso Raúl.

–¿Otra vez?, se esta volviendo aburrido –dijo Sebastián–, además, no fumamos y ya estoy cansado de golpearme al entrar por el hueco de la ventana.

–No fumaras tú –respondió Raúl.

–Busquemos algo nuevo, algo diferente –señalo Sebastián.

–Qué tal si vamos y entramos al edificio donde está el Reactor Nuclear –dijo Raúl.
–¿Y qué es eso? –preguntó Camilo.

–Según mi papá, es un inmenso productor de energía atómica –respondió Raúl.

–Y eso qué tiene de interesante –intervino Sebastián.

–No sé, pero desde anoche no dejo de pensar en eso –dijo Raúl–. Ayer mi papá y sus compañeros de trabajo comentaron en la cena algo sobre prenderlo. Creo que esta apagado. Desde entonces solo pienso en ir y encenderlo.

–Sigo sin ver lo interesante –dijo Camilo.

–No sé, un día fui al trabajo de mi papá y me sorprendió un inmenso cilindro de concreto en la entrada –continuó Raúl–. Mi papá me explicó que adentro estaba el reactor. No saben lo grande que es. Y resulta que ahora está apagado y podríamos prenderlo.

–Aburrido –dijo Sebastián.

–Bue… a mí me parece divertido –continuó Raúl–, podemos ir de noche y encenderlo. Podríamos generar un gran alboroto con el ruido.

–Y cómo sabes que suena cuando lo prenden –preguntó Camilo.

–No sé, por el tamaño y el nombre supongo –dijo Raúl–. La palabra Reactor parece ruidosa.

–Tú no sabes nada –señaló Gustavo.

–Ustedes lo que tienen es miedo de acercarse de noche –los retó Raúl.

–¡Mentira! –dijo Camilo.

–Claro que sí, y tú más que todos –respondió Raúl–. Eres un cagón, todo te da miedo.

–Cagón, tú –dijo Camilo.

–Haa… que fastidio… ahí viene Sofía –indicó Gustavo.

–Marico, pero si tu hermana es divertidísima –dijo Sebastián.

–Divertida para ti, a mí me parece un fastidio –respondió Gustavo.

–Hola chicos, ¿Qué hacen? –interrumpió Sofía.

–¡Nada! –dijo Gustavo.

–Decidiendo qué hacer –respondió Sebastián.

–Planificando nuestra visita al reactor nuclear esta noche –indicó Raúl.

–¿Al reactor? –preguntó Sofía–. Eso es muy peligroso. Yo tengo entendido que está custodiado por los guardias.

–Si, tan custodiado como el comedor –respondió Raúl.

–No seas tonto –dijo Sofía–, no es lo mismo. Esto produce energía atómica y es muy peligroso. Yo el otro día escuche a mi mamá…

–Ya cállate, Sofía –interrumpió Gustavo–. Como siempre, una sabelotodo. Estamos planeando ir esta noche y tú no lo vas a impedir.

–Yo solo decía… –murmuro Sofía.

–¿Y Cómo vamos a entrar? –intervino Sebastián.

–Le quito las llaves a mi papá –dijo Raúl.

–No me parece buena idea –indicó Sofía.

–Ah… cállate, claro que vamos –dijo Gustavo.

–Bien, entonces, nos vemos aquí a las 11 de la noche, traigan linternas –concluyó Raúl.



II
–¿Qué hace ella aquí? –preguntó Raúl.

–Mis papás se fueron al cine y no quería quedarse sola –respondió Gustavo.

–Bueno, vamos, no será la primera ni la última vez que nos acompañe –dijo Sebastián.

–Ah… Está bien… pero ni se te ocurra gritar –agregó Raúl– ¿Trajeron las linternas?

–Sí –respondieron los demás.

–Vamos, andando –dijo Raúl.

–¿Caminando? –preguntó Camilo–. ¿Estás loco?, el lugar está lejísimo.

–Lo siento, pero desde que nos encontraron haciendo trompitos con el auto, ya no me lo prestan –respondió Raúl–. Y esta vez escondieron muy bien las llaves.

–Marico, pero no pretenderás… –dijo Sebastián.

–Caminen, no nos vamos a quedar por eso –dijo Raúl.

–Pero… está muy oscuro –indicó Camilo.

–Pues, prende la linterna, güevón –dijo Raúl.

–Gustavo, tengo miedo, ese perro me está mostrando los dientes –dijo Sofía agarrando el brazo de su hermano.

–Sal de aquí, te dije que te quedaras en la casa –respondió Gustavo sacudiéndose.

–Ven Sofía yo te acompaño –dijo Sebastián tomándola del brazo.

–Gracias –dijo Sofía.

–No te preocupes, conmigo no te va a pasar nada –agregó Sebastián.

–Ya cállense y caminen –dijo Raúl.

–Sí, güevon, para ti es muy fácil –respondió Camilo.

–Hey… tengan cuidado, el perro de la casa 16 está suelto y ladrando –indicó Gustavo.

–Me va a morder –dijo Sofía apretando con más fuerza el brazo de Sebastián.

–Relájate, me estás haciendo daño –dijo Sebastián acariciando su mano.

–Ay… disculpa… es que todo esto me da mucho miedo… con esta oscuridad los pinos se ven muy tenebrosos… no hay ni un bombillo que alumbre nada… y los perros aullando… tengo miedo –respondió Sofía.

–Ya cállate. Te dije que te quedaras en la casa –dijo Gustavo.

–Ni loca. No después de las historias sobre mujeres violadas que me contaste anoche – respondió Sofí –. Estas casas están muy solas y apartadas.

–Si eres boba –dijo Sebastián–. ¿No te das cuenta de que son mentiras para asustarte?

–Igual me da miedo –indicó Sofía.

–Ya cállense ustedes tres, qué fastidio –dijo Raúl.

–Coño, marico, esta subida está muy jodida –indicó Camilo.

–Bah… Güevón… y tú no te la das de deportista –dijo Raúl.

–Buuuaaaaa… –gritó Hernán saliendo de detrás de un árbol.

–Aaaaaaaaaah –gritó Sofía.

–Aaaaaaaaaah –gritó Camilo.

–Ja, ja, ja, ja… si pudieran verse el rostro –dijo Hernán–, están todos más pálidos que un papel. Ja, ja, ja, ja…

–Estúpido, ¿no estabas de viaje? –preguntó Sofía.

–Güevón, qué susto nos diste –agregó Camilo.

–Acabo de volver y los vi a través de la ventana –explicó Hernán– ¿A dónde van?

–Vamos al edificio de Física, donde está el Reactor Nuclear –dijo Raúl.

–¿Y para qué? –preguntó Hernán.

–Vamos a encenderlo –respondió Raúl.

–¿Y para qué? –preguntó Hernán.

– Porque nos da la gana –respondió Raúl.

–Ah… qué bien… entonces los acompaño –agregó Hernán.

–Marico, ¿falta mucho? –preguntó Camilo.

–Después de esa curva como un kilómetro más –respondió Raúl.

–Al menos es todo plano –indicó Sebastián.

–Me duelen los pies y tengo sed –dijo Sofía.

–Cállate. Te dije que te quedaras en la casa –respondió Gustavo.

–Shhh… cállense y apaguen las linternas, escucho unas voces –dijo Raúl.

–Escóndanse detrás de ese árbol –agregó.

–Sigamos, ya se fueron, tuvimos suerte, esos guardias casi nos ven –habló al cabo de unos minutos.

–¿Por qué no nos regresamos? –dijo Sofía.

–Cállate. Te hubieras quedado en casa –respondió Gustavo.

–Ya falta poco, dejen de pelearse –dijo Raúl.

–Por fin llegamos –indicó Camilo–, ya era hora.

–Qué raro, no hay nadie en la puerta –dijo Sofía.

–Vamos, Sofía, ¿cuando has visto que esos guardias hagan su trabajo? –contesto Raúl.

–Deja de hablar y abre esa puerta, que nos pueden descubrir –intervino Camilo.

–Ay… aquí adentro está más oscuro que afuera –señaló Sofía.

–Oigan, alguien sigue aquí, no escuchan una música –dijo Gustavo.

–Sí, suena como a rock, y está bastante fuerte el volumen –dijo Hernán.

–Vean, sale luz por la rendija de esa puerta –indicó Camilo.

–Mejor nos regresamos. Nos van a descubrir.

–No seas estúpida, tienen la puerta cerrada y no nos pueden oír –dijo Gustavo.

–Revisa quién esta ahí –indicó Raúl.

–Marico, ven a ver esto.

–A ver, apártate, dame un espacio… verga, pero si es el jefe de mi papá, y con la señora Mónica –explicó Raúl.

–Coño, pero ese viejo sí tiene energía… La tiene alzada –agregó Sebastián.

–Verga, ahora entiendo el volumen de la música, de esa forma nadie los oye –indicó Raúl.

–Agh… qué asco, ¿cómo pueden ver eso? –dijo Sofía apartándose de la rendija de la puerta y apoyándose contra la pared.

–La tipa está buscando algo… fíjate… son como pelotas negras –agregó Hernán.

–Mierda, marico, se lo está metiendo por el culo –indicó Gustavo.

–Carajo, pa’ mí que el viejo es medio maricón –dijo Raúl.

–Verga, mira como la tipa se lo chupa –dijo Camilo.

–Shhh… hablen más bajo –agregó Raúl.

–Está repicando el teléfono –indico Sebastián.

–¿Por qué no nos vamos? –intervino Sofía.

–Shhh… nos van a oír, ¿no ves que apagó la música y esta contestando el teléfono? –dijo Raúl.

–Sí, mi amor… todavía trabajando… sí, está difícil el proyecto… si ya sé que es tarde… –explicaba el hombre dentro de la habitación.

–Marico, ni se inmuta, y la otra sigue chupando –dijo Sebastián.

–Sí, pero fíjate como le sujeta el pelo, se lo va a arrancar –agregó Hernán.

–Que la niña tiene fiebre… 39 y medio… ok… sí, tienes razón… deja que termino el párrafo donde me quedé y voy para allá… sí, no te preocupes voy saliendo, no me tardo… sí, mi amor, yo también te quiero… –continúo el hombre.

–Verga, se va –dijo Camilo–, mejor nos escondemos.

–Ya va, espérate un poco –dijo Raúl.

–Mónica, vamos, me tengo que ir –dijo el hombre levantando a la mujer por los hombres.

–Roberto, siempre lo mismo, cuando estamos en la mejor parte ella interrumpe – respondió la mujer.

–Apúrate, vístete –dijo Roberto.

–Vamos, nos van a descubrir –insistió Camilo.

–¿Pero dónde nos escondemos? –indicó Sofía.

–Ahí hay un cuarto, déjame ver si consigo la llave –dijo Raúl.

–Qué suerte, está abierto –intervino Gustavo.

–Qué asco, es el cuarto de la limpieza, y es muy pequeño, ahí no entramos los seis –dijo Sofía.

–Cállate y apúrate –dijo Gustavo.

–No me pisen –indicó Hernán.

–No me aplasten –dijo Sofía.

–Arghh… muévanse un poco que no entro –agregó Raúl.

–Gustavo, no me toques el pie –dijo Sofía.

–Yo no te estoy tocando –respondió Gustavo.

–Algo me está tocando… qué asco, tiene bigotes… ¡Aaaaaahh! es una rata –dijo Sofía.

–Shhh… cállate no grites, que nos van a oír –dijo Gustavo tapándole la boca con la mano, mientras Sebastián mataba el animal de un pisotón.

–¿Escuchaste eso? –dijo Mónica aún dentro del cuarto–. Alguien gritó.

–No escuché nada –respondió Roberto–. Apúrate y deja de estar inventando cosas para retrasarme.

–Yo no estoy inventando nada –explicó Mónica–. Escuché algo y creo que vino de afuera – agregó mientras se terminaba de vestir.

–Es más de media noche, no hay nadie –indicó Roberto mientras abrían la puerta y salían al corredor.

– ¿Y si están tratando de llegar hasta el reactor?... recuerda mi sueño –dijo Mónica.

–Por Dios, mujer, vas a volver con ese tema, ya te dije que es imposible… –respondió Roberto.

–Lo sé, lo sé –continuó Mónica–, pero no puedo dejar de pensar en eso. El sueño fue muy real, igual que en Chernobil, sabes, la intensa luz amarilla lo cubrió todo. Los niños muriendo, la gente se deshacía en pedazos, pero no era en la Unión Soviética, era aquí en el Instituto y las caras eran todas conocidas, si tú lo hubieras soñado, no me estarías diciendo eso.

–No entiendo cómo una mujer de ciencia como tú –continuó Roberto, mientras pasaban al lado de la puerta del cuarto de limpieza– es capaz de creer en premoniciones.

–No te burles, yo sí creo –expresó Mónica–, y fue muy real, y todo sucedió por unos estúpidos niños que estaban jugando.

–Bueno, si tanto miedo te da, pídele a los guardias que revisen, pero yo me tengo que ir, mi mujer me espera –agregó Roberto abriendo la puerta para salir a la calle.

–Sí, como siempre –concluyo Mónica.

–Carajo, pensé que no se iban a ir nunca, ya me dolían los brazos –dijo Raúl saliendo del cuarto.

–Ay... suéltame la mano Sebastián –indicó Hernán sacudiéndose.

–Coño, Sofía, por tu culpa casi nos atrapan –agregó Gustavo.

–No es mi culpa, fue esa rata… –dijo ella.

–No era ninguna rata, solo un pequeño ratoncito –señaló Gustavo.

–Escucharon lo que dijo esa mujer, sobre los muertos y la luz –interrumpió Camilo.

–Sí, yo la escuché y creo que es una señal, deberíamos desistir e irnos –intervino Sofía.

–Ustedes dos lo que están es cagados, por eso no quieren seguir –agregó Raúl.

–Pero ella iba a mandar a los guardias, nos pueden atrapar –continúo Camilo.

–Ya llegamos hasta aquí y no nos vamos hasta completar la tarea –dijo Raúl.

–Entonces yo me quedo aquí –continuó Sofía.

–Pues quédate, cagona, igual nadie te quería aquí –dijo Gustavo.

–El que se quiera quedar, que se quede, los demás vamos –indicó Raúl y arrancó a caminar por el oscuro pasillo.

–No me dejen sola, está muy oscuro –dijo Sofía mientras corría y tomaba a Sebastián por el brazo.

–Raúl, ¿dónde está el Reactor? –preguntó Hernán.

–Creo que es esa puerta a nuestra derecha, la que está antes del ventanal de vidrio –respondió Raúl.

–¿Cómo que creo?, ¿no estás seguro dónde queda? –intervino Sofía.

–Yo vine una sola vez y era de día –explicó Raúl–. Además, no dejaban pasar a nadie que no fuera personal autorizado.

–Y tienes idea de cómo se prende ese armatoste– preguntó Camilo.

–Ni idea– dijo Raúl.

–¿Marico, y qué carajo estamos haciendo aquí? –intervino Gustavo.

–Ah, eso no puede ser difícil, debe tener un interruptor –agregó Raúl.

–Chicos, y si somos nosotros los del sueño, y si por nuestra culpa va a morir mucha gente –dijo Sofía.

–Ya cállate –respondió Gustavo.

–Shhh… cállense, escucho pasos –interrumpió Hernán.

–Deben ser los guardias –explicó Sofía–, que nos están buscando.

–Escondámonos aquí dentro –dijo Raúl.

–Apúrate y abre esa puerta –increpó Camilo.

–Se están acercando –agregó Hernán.

–No me jodan, hago lo que puedo, son muchas llaves y no sé cual es cuál– dijo Raúl.

–Tengo miedo, nos van a atrapar –agregó Sofía.

–Apúrate, coño, ya los escucho… son dos –explicó Hernán.

–Listo, entren –dijo Raúl.

–Esto está muy oscuro – indicó Camilo.

–¿Qué es eso que estás alumbrando?, parece un… –agregó Sofía.

–No es nada, entren y escóndanse que ya están aquí –dijo Hernán.

–Qué asco, esto está lleno de… no me empujes, no alumbres hacia arriba, nos van a ver, el techo está muy alto, tengo miedo, mejor salimos, no me gusta este lugar… –dijo Sofía.

–Shhh… nos van a oír, Gustavo, tápale la boca a tu hermana –indicó Raúl.

–Agáchense que están cerca y este lugar es una gran ventana –agregó Sebastián.

–Más abajo, están alumbrando hacia acá –dijo Hernán.

–No te pares, aún no se han ido –dijo Gustavo.

–No, marico, si ya hace más de cinco minutos que no alumbran –explicó Raúl.

–Pero qué te cuesta esperar un poco –agregó Camilo.

–Tengo miedo, mejor nos vamos –dijo Sofía.

–Shhhhhhh… –dijeron todos al mismo tiempo.

–Vamos, párense, ahora sí se fueron –dijo Raúl asomándose por la puerta.

–Chicos, mejor nos vamos, ésta no es una buena idea –insistió Sofía.

–Ya llegamos hasta aquí, y aquí nos quedamos –agregó Raúl.

–Yo creo que Sofía tiene razón, mejor nos vamos –intervino Camilo.

–Tú lo que estás es cagado –respondió Raúl.

–Dale, Raúl, mejor nos vamos, no tienes idea de cómo prender el Reactor, incluso no sabes si estamos en el lugar correcto, y ya estoy aburrido y cansado –dijo Sebastián.

–¿Tú también tienes miedo? –preguntó Raúl.

–Vamos, Sebastián tiene razón, regresemos –dijo Hernán.

–Qué vaina, ahora todos están en mi contra, no me voy hasta encenderlo –dijo Raúl, mientras alumbraba con la linterna en busca del interruptor.

–Yo me voy, ya estoy aburrido –señaló Sebastián abriendo la puerta, seguido de Sofía que seguía colgada de su brazo.

–¡Ja!, aquí esta, lo encontré, éste debe ser –dijo Raúl.

–¡Ahhhh!, no puedo ver, la luz es muy intensa.



III

–¿Papá?

–Dime, Raúl.

–El Reactor que está en tu trabajo…

–Sí, hijo.

–¿Para qué lo usan?

–Para nada hijo, no sirve, no sirve desde hace tiempo. En estos momentos estamos discutiendo cómo usar esa chatarra en algo útil. Yo estoy proponiendo usarlo para esterilización. Sabes, usar los rayos gamma que aún funcionan para destruir microorganismos en tejidos naturales, eliminar parásitos, y así lograr incrementar la duración de tubérculos y frutas; también serviría para desinfectar e higienizar utensilios médicos. ¿Por qué preguntas, hijo?

–No, por nada.


3 komente:

Orlando tha...

Buena imaginación, narrativa bien descriptiva... muy buena escritora ;)

Besos

Anonim tha...

esos muchachitos parecen los niños idiotas de Babel. ¿será que creen que los niños son así?

Yimmi tha...

Si, los niños son así. Buena historia!